Raul Azzarini
Retrato joven de Raúl Azzarini junto a una nota manuscritaCasas de colores del barrio de La BocaBarcos en el puerto de La Boca

En sus propias palabras

Desde que marqué mis primeros burdos palotes en mi cuaderno de preescolar, pasando luego a hacer confusos garabatos desparramados sobre el papel, hasta llegar, poco a poco, a empezar a dominar el lápiz y el pincel e intentar plasmar el mundo que mis ojos descubrían, sentí que una fuerza oscura y ciega se imponía en el acto de pintar.

Una fuerza tan oscura y tan ciega que me impulsaba cada vez más a sumergirme en el enigma de la luz y del color, con la esperanza —siempre renovada y siempre fallida— de aprehender, en una o en miles de imágenes, el secreto de esa fuerza que sostiene mi existencia.

Vano intento, tal vez, puesto que uno u otro garabato que realizaba me dejaba más insatisfecho y me despertaba más inquietud y zozobra, en vez de la anhelada calma que da el dato revelado. Solo la sospecha de que no era posible llegar al origen sino solamente alejándome de él —y por el atajo de la metáfora— me decidió a dejarme arrastrar mansamente —inconscientemente— por los remolinos de su poderosa corriente.

¿Por qué pinto?

¿Tal vez por satisfacer la curiosidad de ver lo que ha caído para siempre en la ceguera del olvido? ¿Un intento de recobrar la memoria perdida, de fijar en el lienzo aquello que nos sostiene como humanos; de establecer una zona fronteriza donde sea posible la unión y la separación sin consecuencias catastróficas; de plasmar una mancha-gesto que evoque y provoque a la conciencia adormecida?

¿O quizás no sea más que un grito desesperado en el ensordecedor silencio de la incomunicación?

Debo mucho al pintor desconocido que pintó el cuadro que, colgado en la sala de mi casa de la infancia, me acercó a la poesía de la luz que iluminaba la pobreza; y a los prerrafaelistas, los fauvistas, Matisse, Klee, Van Gogh, Cézanne, Picasso.

Pero tal vez a quienes más genuinamente les debo sea a los colores de los barcos que dormían sus fluviales sueños recostados en el puerto del barrio de La Boca, en Buenos Aires —donde yo nací—, y a los abigarrados y contrastados colores con que las gentes de ese barrio porteño pintaban sus casas pobres y también su tristeza.

— Raúl Azzarini